Opinión por Paula Cabrera
En plena madrugada, con la impunidad de quienes necesitan de la oscuridad para defender algo que saben que está mal, así avanzaron las topadoras sobre la icónica feria de la Rambla. 25 años destruidos en pocas horas a la vista de algunos de los feriantes que nada podían hacer. Su fuente de ingreso y el trabajo de años pulverizado en cuestión de una noche y bajo los festejos del intendente y del ex intendente que aplaudieron cómo alrededor de 200 familias quedaron a la deriva sin saber qué van a comer la semana que viene.
Es el gobierno de la crueldad, de la destrucción, del “orden” a costa de los laburantes, de los más vulnerables, de los que menos tienen. Lo que pasó anoche con la feria sorprende para mal, pero no debería. Escudarse en el respeto a la ley y los espacios públicos para avanzar desde el odio es la vieja receta del cinismo político. La excusa es «recuperar la postal de la ciudad”, la realidad es la reconstrucción sobre los escombros de quienes habían encontrado una forma de resistir frente a una larga tradición de economías en crisis.
Estética por sobre trabajo, prioridades municipales

El operativo, desplegado como si se estuviera entrando a una zona de guerra, no buscaba una relocalización ni una mejora urbana; buscaba el golpe de efecto. La gestión municipal, en sintonía con un discurso nacional que criminaliza la supervivencia, decidió que la estética de la Rambla vale más que la dignidad de 200 familias. La cultura del trabajo de la que tanto se llenan la boca los discursos oficialistas se ve que tiene matices, preferencias, lados.
El festejo en redes sociales de los funcionarios tras la destrucción es, quizás, lo más desolador. Dirigentes políticos sin empatía, que no saben para quiénes gobiernan y que quieren construir un país que no es el propio basado en la imagen abstracta e idílica de una sociedad que no nos pertenece.
Ver a dirigentes políticos celebrar el desalojo de trabajadores como si fuera una gesta heroica es una muestra de la desconexión total con la realidad de la calle. Festejan que «limpiaron» la zona. ¿Ese es el pensamiento sobre los trabajadores que, como pudieron, buscaron ganarse la vida en un sistema que probablemente ya los había expulsado antes?
“Nos abrazamos y lloramos todos” fueron las palabras de uno de los feriantes, quebrado. ¿Existen propuestas para esas familias que quedaron en la calle? Por supuesto que no, la respuesta del gobierno es el silencio o la famosa frase “hay que reinventarse”. La asistencia del Estado es nula porque la realidad es que no les importa.
Una ciudad para unos pocos

La Mar del Plata que quieren construir es una ciudad vidriera para el turista, donde la pobreza y el esfuerzo popular deben esconderse debajo de la alfombra o, en este caso, ser demolidos en la oscuridad. Lo que desconocen es que Mar del Plata también era la feria de la Rambla y que mucho de ese turismo del que se llenan la boca es turismo popular que aprovechaba cuando salía de la playa para comprarse una pilchita.
Durante un cuarto de siglo, esa feria fue parte del paisaje social de Mar del Plata. Probablemente, sí había que regularizar, sí había que mejorar, pero el camino era el diálogo, no la topadora. Pero el diálogo no es algo que caracterice ni que considere relevante el Ejecutivo municipal. Ah, pero mientras tanto, la Rambla quedó «limpia».
