Una noche de calor agobiante, como las que hemos vivido en los últimos días en la ciudad, ha hecho que –en ocasión de concurrir al teatro- uno se sienta el último espectador que queda sobre la tierra. Cuando la costa marplatense se ofrece como una potencial fuente de frescura, ingresar al Teatro Provincial nos permitirá otra vez sabernos argentinos caprichosos, y amantes de las simetrías, que no sólo fueron una cuestión borgiana.
Trabaja allí un actor que parece no temerle a nada. Manuel Vicente es quien capea el temporal de este verano atípico, fiel espejo de un país que no respira. Él interpreta a un director de teatro independiente en gira permanente, que ve cómo -uno a uno- sus actores se alejan de la misión que los convocaba. Algunos, para dedicarse a tareas más promisorias; otros, aprovechando ofertas de papeles potencialmente exitosos.
Pero el hombre permanece y no los culpa. Comprende que ellos no puedan dar muestras de un sostenimiento heroico. Fiel a la tarea que ha determinado su vida, en permanente gira por la Argentina, menciona cada uno de los corredores teatrales por los que las compañías viajeras se desplazaron durante años, llevando de pueblo en pueblo las propuestas del teatro clásico que sostuvieron con su oficio. Se trata de la Compañía de Teatro Florencio Sánchez, que ofrecía tanto Chejov como Sófocles, o el autor que requiriera esa temporada. Versiones adaptadas para el elenco y la necesidad vieron la luz de la mano de los actores de oficio a lo largo de todos los años que se evocan en este unipersonal.
La pieza de Andrés Binetti tiene un personaje central impecable, pero además Vicente da vida a cada uno de los integrantes de la que fue su compañía, y los muestra a la hora de encarnar la despedida. Los hechos acontecen allí, frente a nosotros, que somos entonces los factibles últimos espectadores del final de un director de oficio, que se ha quedado sólo en un bar de campo actuando para el parroquiano imaginario de este telón anunciado. Y el parroquiano era yo.
“No le aflojés, ya vas a llegar”, le ha dicho el galán a la hora de dejar el trabajo que le ha dado de comer. El director lo observa con desconcierto, y repite sus palabras porque él sabe que el actor independiente no tiene la tarea de llegar a ninguna parte, no corre ninguna carrera. Está haciendo eso que debe hacer, y el director lo dice con todas las letras: “estamos sembrando”. Tiene certeza de estar haciendo lo que justifica su existencia, lo que está planeado, y hay que hacerlo bien porque en ello va la vida, el sustento y el sentido.
Mientras tanto, la vida del actor independiente en gira puede llevarlo al hito cultural que representa el teatro Vera de Corrientes, o a una estación de bomberos del sur. A cualquier sitio donde se pueda trabajar, aunque sea con luces blancas fijas de frente, como las que propone esta puesta. La representación se lleva a cabo con cierta luz de sala que permite ver al público. Así, el director nos está viendo, nos pide compañía y nos cuenta su historia a los ojos. “A nosotros nos mató Ibsen”, dice, y relata la historia de la representación de “Un enemigo del pueblo”. Pero como nos encantan las simetrías, como buenos argentinos, ¿adivinen que obra está representando Juan Leyrado en la sala contigua?
Imperdible para la gente de teatro. Imprescindible para los que deseen saborear la vida del teatro que construyó la cultura nacional antes de que existiera la televisión. Ideal para quienes no sepan demasiado de lo que significa ser más actor que estrella. Nadie afloja, pero nadie pretende llegar más lejos que al escenario. Y ya han llegado.
Por Adriana Derosa, para mdpYA
