Opinión por Juan Mathias
La imagen de Javier Milei en el escenario de Jesús María, entonando desbocadamente «Amor Salvaje», es una declaración de principios que la política tradicional todavía no logra decodificar. Mientras el manual clásico dicta que un mandatario debe refugiarse en la técnica, Milei elige la exposición disruptiva. No sale a explicar el por qué de los números (ni le importa); sale a cantar con el pueblo que los padece, mientras esté aplaude a rabiar.
Me atrevo a decir que la realidad económica, con una visión que se mezcla entre la experiencia y el deseo, este 2026 no va a dar tregua. Sin embargo, acá surge un tema central: ¿La gente soporta el ajuste porque cree en el “superávit” o porque disfruta ver a «los de siempre» fuera de juego? Estamos ante una mutación social donde la satisfacción simbólica, la destrucción de un sistema a priori agotado, parece compensar, por ahora, las penurias materiales. Pareciera que el votante no busca un administrador eficaz; busca un intérprete de su bronca. Y mientras más gede, mejor.

Imagen: Canal C
Pero este «amor salvaje» tiene un respirador artificial externo. La apuesta de la Casa Rosada no es solo doméstica, sino profundamente dependiente de la sintonía con Donald Trump. En la lógica de Milei, el líder republicano no es solo un aliado, sino el garante de última instancia: el «salvataje» que llega en forma de swaps o apoyos diplomáticos cuando los mercados locales flaquean. Esta subordinación convierte a la Argentina en un laboratorio de la nueva derecha global, una pieza de ajedrez en un tablero geopolítico donde el riesgo de conflictos bélicos internacionales redefine las prioridades. Trump tiene más para validar su política, y su éxito, en Argentina que en Venezuela. Por ende, para Milei, en el mundo libre que pregona, está bien una neocolonización (no voy a negar, que un poco viejo y ajeno a la gente me siento con el término), una alineación total, esperando que ese paraguas lo proteja de la lluvia ácida de la macroeconomía local.
Acá es donde debemos preguntarnos si estamos ante un cambio cultural irreversible o ante una olla a presión. Hay quienes sostienen que lo económico ha quedado relegado a lo identitario; que el ciudadano prefiere acomodarse a tener menos plata: menos viajes, menos cervezas con amigos, menos consumo. Pero eso sí, libres de la vieja casta, de las viejas recetas, en definitiva libre del panperonismo.

Imagen: La Voz
Sin embargo, la historia argentina sugiere que es el fin de mes quien suele tener la última palabra. La realidad es que el conflicto social no ha desaparecido, sólo que no es tan visible hoy ni logra intervenir de manera determinante en humor social. Por ejemplo, en la provincia de Santa Fe hay en estos momentos 69 empresas con conflictos laborales, ya sea por despidos, suspensiones, preventiva de crisis o semejantes. Y no hablamos de pymes o pequeños negocios ignotos, no. Sancor, Vicentin, Tenaris, Swiff, Acindar, AGD, Cargill o Essen y la lista de conocidas podría seguir. Pero incluso esos conflictos no terminan de explotar o tener masividad. Lo que parece en realidad es que el conflicto social está en fase de acumulación. La profundización de las penurias de la gente hará que, inevitablemente, esa paciencia y esperanza momentánea, se agote y se aumente exponencialmente la conflictividad social. O bueno, eso sería lo que debería pasar.
Cuando la mística del escenario de Jesús María se desgaste, la imagen de Milei enfrentará su verdadera prueba de fuego. En ese escenario, quien logre capitalizar el descontento -no con promesas viejas, sino con una propuesta de respuestas concretas para las mayorías, con un programa claro, realizable y superador- será quien defina el próximo ciclo.
El riesgo de no construir esa alternativa es quedar atrapados en un bucle: un país que espera que el próximo giro de la política estadounidense le de mas tiempo de vida, mientras el tejido social se va desmembrando. Si la oposición política y la calle no reaccionan y no hablan el mismo idioma de Milei, el «amor salvaje» podría transformarse en una viejo vinculo tóxico, donde la Argentina termine siendo apenas un eco en una estrategia geopolítica que nos excede.
