Tras los archivos que se conocieron en las últimas semanas, el caso Epstein vuelve a la escena mundial para demostrar que el poder real sigue blindado frente a la justicia.
¿Hasta dónde puede llegar la impunidad cuando se mueve en los estratos más poderosos del mundo y, sobre todo, cuando esos estratos están dominados por hombres?
El nombre de Jeffrey Epstein se convirtió en sinónimo de abuso sistemático, tráfico sexual y complicidad de las élites. Aunque su muerte en 2019 cerró abruptamente el proceso judicial, investigaciones recientes y archivos publicados en estos días volvieron a poner en evidencia la desidia que existe cuando las redes de poder protegen a los culpables. El caso es el fiel retrato de un sistema que permite a los más ricos y poderosos evadir las consecuencias hasta de los crímenes más atroces.
Jeffrey Epstein: cronología de los escándalos
En 2008, Jeffrey Epstein firmó un acuerdo de culpabilidad en Florida por solicitar prostitución de una menor. La condena fue mínima: apenas 13 meses de prisión, con privilegios que le permitían salir a trabajar. Ese pacto judicial se convirtió en el primer gran símbolo de la impunidad que rodeaba su figura.
En 2019, fue arrestado nuevamente por cargos federales de tráfico sexual. La investigación apuntaba a una red de explotación de menores con alcance internacional, sostenida por contactos en los más altos niveles del poder económico y político.
Ese mismo año, en agosto, murió en prisión. La versión oficial habló de suicidio por ahorcamiento, pero las fallas en la vigilancia y las irregularidades en el centro correccional alimentaron teorías de encubrimiento y asesinato.
Finalmente, en 2026, el Departamento de Justicia de Estados Unidos publicó millones de páginas y más de 180.000 imágenes y 2.000 videos relacionados con el caso. Los documentos mencionan a empresarios, políticos y celebridades, aunque no derivaron en acusaciones formales.
Lo verificado y lo que todavía es teoría

Imagen: El tiempo
El caso Epstein se sostiene sobre hechos comprobados, pero también sobre un cúmulo de teorías que, aunque no cuentan con pruebas concluyentes, siguen alimentando el debate público. Lo tragicómico de la situación es que la evidencia debería servir, al menos, para empezar a indagar a estos personajes que circulan como posibles involucrados. Nada de eso sucede aún. ¿La conclusión? La impunidad de las élites en su máxima expresión.
Dentro del campo de lo que se encuentra verificado está comprobada la existencia de una red de tráfico sexual organizada por Epstein, con víctimas menores de edad. Sus propiedades, como la isla privada en las Islas Vírgenes, la mansión de Manhattan y la residencia en Palm Beach, fueron utilizadas como escenarios para perpetrar los abusos.
También se confirmaron los acuerdos judiciales que le otorgaron beneficios inusuales, como el de 2008 en Florida, que le redujo la pena. Su muerte en prisión bajo custodia federal en agosto de 2019 fue registrada oficialmente como suicidio, aunque dentro de una nube de sospechas.
Entrando en el mundo de las teorías, las más difundidas sostienen que Epstein no se suicidó, sino que fue asesinado para evitar que revelara información comprometedora. Los más osados especulan que se trataba de vínculos directos con agencias de inteligencia, tanto estadounidenses como extranjeras, y con la participación activa de líderes mundiales en su red.
Entre los nombres que aparecen en documentos y testimonios figuran Donald Trump, Bill Clinton, Príncipe Andrés de Inglaterra, Bill Gates, Les Wexner (fundador de L Brands), y otros empresarios y celebridades que manejarían una red internacional de tráfico sexual con ramificaciones que exceden lo que la justicia ha podido probar hasta el momento.
El rol de las élites y la complicidad

Imagen: BBC
Los documentos muestran que el círculo de Epstein incluía empresarios, políticos y celebridades. La pregunta que surge es: ¿por qué tantos aceptaban involucrarse? Una nota de BBC Mundo lo redujo en una línea : “los ricos y poderosos no podían decirle ‘no’ a Epstein”. Su influencia era un pasaporte a círculos exclusivos a los que sólo él tenía acceso. Ese poder casi ilimitado lo protegió durante años.
Pero este caso no puede reducirse a un grupo de varones desbordados de poder. El problema es mucho más grave: es de raíz, es transversal y es troncal. El patriarcado avala estos comportamientos si se dan en manos de hombres millonarios y poderosos.
Las instituciones mundiales son cómplices porque aunque no legitimen en sus discursos el abuso y la pedofilia, miran para otro lado cuando aparecen delante de sus narices bajo nombres que son dueños, prácticamente, del mundo. Por otro lado, los sistemas judiciales pueden ser fácilmente corrompidos cuando son tentados por intereses económicos y políticos.
El silencio de los “inocentes”

Imagen: 24 horas.cl
No debería llamarnos la atención la impunidad de la sociedad en la que vivimos hoy. Todos los días surgen nuevos casos que alimentan una hoguera que parece no tener fin. Estamos en la época más digitalizada de la historia con información que quema las retinas 24/7 y así y todo, nunca nada sucede.
A esa indiferencia elegida y descarada se suma el silencio de los señalados y de los líderes del mundo. Es como si existiera un pacto implícito que parece decir: si no se habla, no sucede. El caso Epstein debería gritarse a voces y aún así el sigilo que lo rodea es desolador.
Nadie parece inmutarse ante el horror de mujeres, niños y niñas abusados, desaparecidos y asesinados. Aquellos que podrían marcar una diferencia son los primeros en cerrar los ojos y seguir palmeando el hombro de los principales implicados. El poder es demasiado y obnubila a cualquiera que esté cerca de él.
La impunidad no es un accidente, es un mecanismo que protege a quienes tienen recursos y conexiones. La pregunta que queda abierta es si la sociedad está dispuesta a aceptar que esa impunidad es parte estructural del poder, o si exigirá de una vez que los crímenes de los poderosos sean medidos con la misma vara.
